miércoles, abril 17

La resiliente sonrisa de Biles, de nuevo campeona del mundo de gimnasia | Deportes

La sonrisa de Simone Biles se apagó durante dos años. Pero ha regresado con más brillo que nunca. Un jovencísima Simone, de 16 años, brackets, debutante, vencía hace una década en su primer mundial. Ahora, una madura Biles, auténtico portento atlético y gimnasta arrolladora, vuelve a ganar el concurso completo individual de gimnasia artística del Mundial de Amberes, e iguala el récord de seis títulos all around de la leyenda japonesa Kohei Uchimura. Entre medias, muchos motivos para que Biles perdiera su sonrisa. En Bélgica, en la final del mundial, sin embargo, no quedaba rastro: de inicio a final, una actuación brillante. Nada podían hacer con ella (58,399), aunque seguían sus pasos de cerca, Rebeca Andrade (56,766), segunda, o Shilese Jones (56,332), tercera. Biles, imparable en cada aparato, deleitaba y cerraba al final con su rutina de suelo entre el estruendo del público. Una vez más, historia en la gimnasia artística.

El Antwerps Sportpaleis de Amberes, lleno hasta la bandera, se vestía de oro para la gran final femenina y para las 24 gimnastas. Alice Kinsella -sustituta de Jessica Gadirova-, Rebeca Andrade -campeona del mundo de 2022-, Shilese Jones, Flavia Saraiva y Elsabeth Black. Todas juntas, en un mismo grupo, en un mismo aparato, se disputaban mano a mano el podio. Pero allí mismo también estaba ella. Simone Biles, lista para salto. Suspiraba antes de empezar, iba a lo seguro y evitaba repetir su Biles II. Recuperaba el ejercicio que realizó en la final por equipos, pero lo mejoraba hasta lograr un casi perfecto 15,100. Nadie tosía, sobre el potro, a Simone: Rebeca marcaba un 14,700, que la colocaba tercera, y Jones un 14,233.

Aunque un nombre se le escapaba a Biles: Kayla Nemour, que superaba a la estadunidense con un 15,200 en asimétricas. Aparato con el que Qiu Qiyuan, de 16 años, se lucía con 14,700 puntos, y en el que las caídas se repetían y repetían. Tres gimnastas potentes como la francesa Melanie Dos Santos, la brasileña Saraiva y la canadiense Black, no lograban agarrar la barra a tiempo y besaban la colchoneta. Le tocaba el turno a Simone, que hacía parecer su rutina corta, dejando con ganas de más al público. Sin errores, con una buena posición en las verticales y con fuerza, despegaba al primer puesto con un 14,333. Y Andrade, la otra gran favorita para el oro, clavaba la salida y la puntuación: 14,500.

Alexa Moreno parecía dolerse de la rodilla tras el aterrizaje en salto. Dos Santos, alicaída, recibía apoyo de su entrenador. Los fallos inundaban las dos primeras rotaciones, y las gimnastas se lamentaban. Aunque no todas corrían la misma suerte: Biles lideraba con dos décimas sobre Andrade, y cinco sobre Jones. Todo se decidía sobre la barra de equilibrio y el suelo. En el primer aparato, la estadounidense se lo jugaba todo. Más seria de lo habitual, concentrada en la ejecución, conseguía puntuar un más que suficiente 14,433 para mantener el liderato. Andrade, por su parte, se subía a la barra entre vítores del público. Aterrizaba dando un paso atrás, y parecía no contenta con su ejecución, aunque su seriedad era un signo de concentración. Marcaba un 13,500, y el primer puesto del podio se alejaba para la brasileña. Mientras que Jones se acercaba y se colocaba detrás de su compatriota tras anotar un solvente 14,066.

La final, la lucha por el oro, se había convertido en un ajustado mano a mano entre la campeona del mundo del año pasado y la que todos esperaban que fuese este. Pero Jones se había colado entre las dos y también quería su medalla. La elegante y espigada Naomi Visser demostraba belleza y estilo sobre el suelo, y Nemour, que había impresionado en la primera rotación, fallaba en suelo, aunque terminaba octava. La jovencísima Qiyuan se abrazaba a su entrenador, emocionada, al terminar. Estaba feliz: en su debut mundialista, había conseguido un notable cuarto puesto, a las puertas del podio.

Saraiva y Black fallaban en suelo, y se alejaban de las mejores. El turno de Rebeca no era impecable: salía de la línea del tapiz al aterrizar, penalizaba tres décimas y suspiraba por su 14,066. La seguía Jones, que necesitaba una gran ejecución para conseguir la plata.

Entonces llegaba Biles, en el último ejercicio de suelo, que sonreía a todo aquello que había sufrido. Una dura infancia con padres adictos al alcohol y las drogas, criada por sus abuelos, un hermano detenido y acusado de triple asesinato y los abusos sexuales del exmédico de la federación Larry Nassar. Y los problemas de salud mental en Tokio 2020. Pero paró, y paró bien. Cada pirueta, cada diagonal, la acercaban otra vez lo más alto, y lo disfrutaba. Aunque se tropezaba, sabía que lo tenía y se reía de su propio error.

Y con el final, rugía el palacio de los deportes. Biles volvía a hacer historia. “No soy el próximo Usain Bolt o Michael Phelps, soy la primera Simone Biles”, dijo la estadounidense en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Como Biles, solo hay una. Se ha coronado como la mejor del mundo por sexta vez. Y, cómo no, con una gran sonrisa.

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